lunes, 29 de agosto de 2016

La arqueología nazi y el mito de la gran Germania

En el campo de la arqueología, los nazis tuvieron que llevar a cabo una serie de excavaciones para demostrar “científicamente” la existencia de la gran Germania

Excavaciones nazis en Ucrania en busca de los restos de la gran Germania
Hitler, en algún momento, se lamentó afirmando: “carecemos de pasado”. Lo cierto era que se desesperaba al ver que los arqueólogos de las SS se empeñaban en excavar en los bosques de Germania y que sólo conseguían exhumar algunas pobres vasijas, nada comparable al esplendor de las excavaciones que se realizaban de restos griegos o romanos. Por tanto, había que buscar el pasado de la raza, el que debía de llenar de orgullo a los alemanes, en territorios influenciados por estas culturas. Y con esa finalidad, el proyecto nazi no dudó no sólo en dominar el presente y el futuro, sino también en reescribir e instrumentalizar el pasado.

En este sentido, el concepto de Germania fue diseñado por la estratégica megalomanía de la propaganda nazi. El discurso de Hitler tenía que ser legitimado por un territorio, un pueblo y una raza superiores que, en realidad, no eran más que una entelequia. Así, para cristalizar ese ideario irreal, el nazismo tuvo que buscar un material y una documentación pseudocientífica que respaldase la existencia la existencia de Germania y toda la mitología que la rodeaba.

En el campo de la arqueología, como no pudo ser de otra forma, hubo que llevar a cabo una serie de excavaciones para demostrar “científicamente” la existencia de esa gran Germania. Para ello, no se vaciló en crear una serie de falsos hallazgos arqueológicos que legitimaran el mito germánico, que demostraran la supuesta supremacía de la Alemania nazi y legitimara las pretensiones anexionistas del régimen. Así, en los tiempos del nacionalsocialismo, los arqueólogos se pusieron al servicio de la política y se vieron forzados a presentar una serie de pruebas científicas que amparasen las ideas de una civilización germánica superior y del extenso territorio que ocupaba.

Arqueólogos y pseudocientíficos, desde el año 1939, se movieron por los territorios conquistados por el ejército de Hitler para buscar restos arqueológicos que se pudieran atribuir a la civilización germánica. Se valieron, incluso, de trabajadores forzados y de presos sacados de los campos de concentración para ayudar en las labores. En la zona del este de Europa, los arqueólogos nazis saquearon los museos y quitaron de sus cargos correspondientes a los expertos locales. Asimismo, en los territorios del norte y del occidente trataron de buscar colaboración entre los especialistas para la búsqueda del supuesto pasado común.

Sin embargo, ciertamente, el término Germania fue usado por los romanos para nombrar a los pueblos que ocupaban el margen derecho del Rin. Destaca la obra de Tácito titulada De origine et situ Germanorum (“Sobre el origen y territorio de los germanos”), conocida también como Germania, donde describe a los germanos y su país. Para su escrito, que data de los tiempos del emperador Trajano, se valió de fuentes como César o de las narraciones orales que debió recopilar de soldados, mercaderes y viajeros que regresaban del otro lado del Rin, ya que él nunca estuvo en Germania.

En su obra, Tácito realizó un estudio general de los germanos, analizando su geografía física, instituciones, aspectos militares, vida cotidiana, etc. Se encarga, más detalladamente, de describir las peculiaridades de cada una de las etnias por separado. Además, expone su visión personal de los habitantes de Germania y los compara con los romanos de la época, para mostrar cómo entre los bárbaros se seguía cultivando ciertas virtudes que antaño imperaron en Roma. Reconoció en ellos valores como la austeridad, la dignidad y la bravura militar, que en otro tiempo poseyeron los romanos y que estaban en decadencia.

Obras de este tipo debieron ser usadas por la corriente nazi para crear el mito de Germania, que sirvió para argumentar simbólicamente el concepto de la raza aria superior y para legitimar los crímenes cometidos por el Tercer Reich. De la misma forma, inventado todo un contexto histórico incluso con objetos arqueológicos, se difundió todo el artificio de maneras tan diversas como elaborando murales escolares, distintivos y cromos con los que se pretendía adoctrinar a los niños. La noción de Germania era omnipresente, tanto en el colegio como en el tiempo de asueto.

Para los adultos existió toda una gama de películas, programas de radio, libros, carteles, revistas y fotografías que recordaba a la gente de la época que Germania era una civilización muy desarrollada e, incluso, superior a Grecia y a Roma.

Cada “descubrimiento” arqueológico era usado por los nazis para la propaganda de su idea imperial, como se hizo con una urna de 1400 años de antigüedad con una cruz gamada, proveniente del cementerio de Bremen-Mahndorf, que fue muy difundida por la prensa nazi y la revista científica populista “Germanen-Erbe” (“Herencia germánica”).

En la actualidad sabemos que el régimen nazi sacó sus propias conclusiones de la mayor parte de los análisis arqueológicos y filológicos clásicos que hicieron, y que transformaron esos estudios en una pura falacia científica, asentada en los discursos académicos oficiales, canónicos y predominantes que se venían repitiendo ya de principios del siglo XIX, sobre todo del seno de las células académicas alemanas.

Johann Chapoutot, profesor de Historia Contemporánea en la Universidad de Grenoble, ha analizado detalladamente la profunda relación existente entre la ideología nazi y las justificaciones discursivas que se buscaron en la historia antigua y, concretamente, en Grecia y Roma. Resalta la dualidad, casi esquizofrénica, del discurso cultural alemán entre la exaltación de la antigua Germania y su búsqueda de conexión constante con el mundo clásico grecorromano.

En este sentido, se produjo un gran choque entre una Germania rica moralmente pero pobre en lo material y un mundo clásico muy rico tanto en lo filológico como en lo material. Hitler, en su Mein Kampf, resaltaba que los ancestros de los alemanes eran los griegos, aunque aclaraba en favor de su ideología nacionalista que los propios griegos eran germanos, ya que procedían de una migración prehistórica indogermánica/aria desde Urheimat, su patria originaria en el Norte de Alemania, hasta tierras helenas.

Gustaf Kossinna
Este ilusorio discurso nazi de alabanza del mundo clásico en favor del mito de la gran Germania estuvo apoyado, en el campo de la arqueología, por “especialistas” como Gustaf Kossinna. Este lingüista alemán, y profesor de Arqueología de la Universidad de Berlín, defendió la teoría de las migraciones indoeuropeas fundamentándose en el recorrido dejado por el fósil guía de la cerámica cordada calcolítica y sus elementos asociados. Kossinna abogó porque el comienzo de esta expansión estuvo originariamente en el norte de Alemania y en el sur de Escandinavia y, de ahí, se expandió hacia el sur y el este.

Kossinna, entre otros arqueólogos, defendió un modelo en el que la evolución cultural se transmitía “de los pueblos más avanzados a los menos avanzados con los que entraba en contacto”. Además destacaba que la superioridad de esos pueblos era de carácter racial, era “el don especial de los nórdicos, de los pueblos de Alemania”.

Kossinna, por último, mostraba al pueblo germánico como de una etnia más avanzada, cuya historia estaba encaminada a la creación de una Alemania superior al Imperio romano.

Vía| Johann Chapoutot, El nacionalsocialismo y la Antigüedad Clásica. Abada editores, España, 2013