martes, 3 de abril de 2012

Cuando Valencia tuvo su Estado templario.

Jaime II 'El Justo' ordenó en 1307 la detención de todos los frailes guerreros de la Corona de Aragón y su traslado al convento de Santo Domingo de Valencia para ser interrogados.




El 22 de marzo de 1312, hace 700 años, el Papa Clemente V firmaba la bula «Vox in Excelso» con la que liquidaba la orden del Temple tras cinco años de persecución inquisitorial. Pese a los siglos transcurridos, una aureola de misterios y ritos ocultos aún envuelve el proceso que llevó a la hoguera a la mayoría de los «caballeros de Cristo» bajo la acusación de herejía. Una «mitología sin fundamentos» para el catedrático de Historia Medieval de la Universitat, Enric Guinot. El principal experto en la Baja Edad Media valenciana recalca que tras esta Causa general impulsada bajo los auspicios de Felipe el Hermoso «no hay más que una lucha por el poder entre el rey galo y los templarios».

El Temple era una de las órdenes militares con más influencia en la Corona de Aragón, de hecho los frailes guerreros fueron los encargados de educar al futuro Jaime I cuando con sólo cinco años fue enviado al castillo de Monzón (Huesca) en la primavera de 1214. Hacía seis meses que se había quedado huérfano al morir su padre, Pedro II el Católico, en la Batalla de Muret. Desde entonces la leyenda del Conqueridor va unida a los templarios, que no solo aportaron fondos a sus campañas sino que lucharon codo con codo con él en la toma de Mallorca (1229) y en las cuatro guerras entre 1233 y 1258 en las que se forjó el Reino de Valencia.

Maestros del Conqueridor.
No obstante, el historiador señala que la influencia templaria en la conquista valenciana fue más cualitativa que cuantitativa frente al peso de las huestes nobiliarias y las milicias urbanas: «Hablamos de un contingente formado por unas decenas de caballeros, pues la mayoría de frailes guerreros están en Tierra Santa». «Eso sí —añade—, se trata de profesionales de la guerra que siempre acompañan al rey y mantienen una fidelidad absoluta a la corona, pues el monarca ha sido criado por ellos».

En agradecimiento a este apoyo, Jaime I no se olvida del Temple en el Llibre del Repartiment. La orden, que ya acumulaba 27 señoríos rurales y urbanos en la Corona de Aragón, recibe tres pequeñas encomiendas en el nuevo reino cristiano: Una en Valencia, que incluía la alquería de Montcada, otra en Borriana y el castillo de Xivert.

La huella templaria en el Cap i casal pervive en el nombre del palacio que acoge la Delegación del Gobierno, un edificio del XVIII que se alza sobre la antigua casa e iglesia del Temple. El trozo de ciudad que recibieron entre las puertas de la Xerea y Bab-al-Zaqar —el entorno de la actual calle Gobernador Viejo—, pasó a llamarse barrio del Temple. La iglesia templaria contaba con un cementerio, que aún no ha sido hallado, sobre el que hay pergaminos con una veintena de donaciones de nobles y burgueses inhumados allí.

Guinot cuenta que en el siglo XIII «no consta una actuación política y militar significativa del Temple en el Reino de Valencia». El investigador habla de una presencia «de 25 frailes guerreros en 100 años», que nunca están juntos, «como mucho hay dos o tres por encomienda».

Reino del Temple dentro del Reino.
Todo cambia en 1294, «cuando a través de dos operaciones de gran envergadura — la compra del castillo de Culla por medio millón de sueldos y la permuta de sus bienes, rentas y derechos en Tortosa que ofrecen a Jaime II por el castillo de Peníscola—, forjan el Estado señorial más grande de todo el Reino de Valencia al hacerse con más de la mitad del Maestrat de Castelló».

No se ha establecido a ciencia cierta el por qué el Temple dio «este enorme salto en presencia territorial que le lleva a alcanzar un poder significativo en el Reino de Valencia», dice Guinot. El hecho de que el Maestrat se convierta en zona de trashumancia hace pensar que el objetivo fuera «asegurarse una zona de pasto próxima a sus grandes señoríos de Cataluña y Aragón».

Los templarios disfrutarían apenas 13 años de su reino dentro del Reino de Valencia. El 13 de octubre de 1307 Felipe el Hermoso, con el apoyo del Papa, desató la cacería de frailes guerreros. Dos meses después, Jaime II el Justo, tras una denuncia del Inquisidor general, ordenaba desde Valencia la detención de los templarios de la Corona de Aragón y su traslado al convento de Santo Domingo del Cap i Casal para ser interrogados, mientras decretaba el embargo de sus bienes. Aunque sufrieron prisión, continúa Guinot, «los templarios de la Corona de Aragón no acabaron en la hoguera, simplemente fueron ‘jubilados’ al ser retirados a conventos con una pensión anual hasta su muerte».

En el Reino de Valencia la causa contra el Temple tardaría en cerrarse, pues Jaime II se negó a acatar el mandato de Clemente V de que todos los bienes templarios pasaran a la otra gran orden militar, la de San Juan del Hospital. Este trasvase suponía convertir a los hospitalarios en el poder señorial más fuerte de la Corona.

El tira y afloja de El Justo con el Papa no se resolvió hasta la muerte del pontífice en 1317. Su sucesor, Juan XXII, aceptó que los bienes del Temple y de los Hospitalarios se fusionasen en una nueva orden militar exclusiva del Reino de Valencia, la de Santa María de Montesa, que quedaba bajo la total influencia de Jaime II. Pero esto, ya es otra historia.
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Extraído de Levante-emv