lunes, 25 de julio de 2016

Churchill se inyectaba en el trasero células para rejuvenecer

El Primer Ministro británico odiaba la arruga, lo que hizo que quisiese estar bien planchado hasta el final 
 
Churchill creía firmemente en el impulso vital que le proporcionaban las células de Niehans

Sí. Células, Churchill y trasero. Nada sobra. Para el Primer Ministro británico fue precisamente el odio a la arruga lo que hizo que quisiese estar bien planchado hasta el final.

Y es que planes para resucitar a los muertos siempre ha habido, como también toda clase de artimañas urgidas en un intento desesperado de burlar el tiempo. Estirar la lengua de un hombre en coma para reanimarlo o algún que otro enema milagroso se convirtieron en su época en los grandes remedios de los curalotodos, y para todo.

Parece ser que el miedo a la arruga fue el sinvivir de Churchill, el hombre que junto a Francia declaró —no sin ambigüedad— la guerra a Adolf Hitler tras su invasión de Polonia; el líder que, sabiendo que necesitaba como el comer una alianza con EE.UU., utilizó su psicología para atraer a Roosevelt advirtiéndole por carta de que continuarían «la guerra solos; no tenemos miedo de hacerlo». Un moderno tú verás lo que haces, Señor Presidente, pero quizás cuando lo decidas, podrías «encontrarte a una Europa nazi absolutamente subyugada».

A cuatro patas

El artista de la terapia de células frescas fue el médico Paul Niehans, discípulo del Nobel de Medicina, Alexis Carrel. Como viene ocurriendo con muchos de los hitos de la humanidad, el tratamiento fue descubierto por el médico suizo de forma casual. La suerte le visitó mientras el paciente de un colega estaba siendo operado de tiroides. A Niehans le faltaba tiempo para seguir el procedimiento habitual y decidió, así, a tontas y a locas, preparar una inyección de células que obtuvo de un becerro.

Aunque sin aval científico, precisamente en eso se basa la terapia celular a la que se sometió Churchill. Por cierto, un éxito de la época, el hit de la flor y la nata del siglo pasado. El terapeuta inyectaba células obtenidas de animales jóvenes en las ansiosas posaderas del paciente para que éste se quitase algunos años de encima. Ansiosas, se entiende, de lozanía.

El caso es que Churchill, a quien la Historia guarda como parte del trío artífice de vencer en La Gran Guerra, pero también como uno de los tres que abrió la veda a la Fría, creía firmemente en el impulso vital que le proporcionaban las células de Niehans. Y así lo dijo públicamente en más de una ocasión. Lo que mucho se guardó de gritar a los cuatro vientos fue el baile de San Vito que comenzaba cuando uno se intentaba acomodar en una silla cualquiera, así como las molestas reacciones que las células causaban donde la espalda pierde su nombre. No podía, claro, era Winston Churchill.

Y con el beneplácito papal

Chaplin o Sinatra fueron algunos de los rostros famosos que probaron suerte con las células de Niehans. Pero quizás, el más llamativo de todos fuese el papa de aquel entonces, Pío XII, el italiano de gafas tipo Lennon que quiso ser embalsamado. El pontífice también sucumbió a la eterna juventud y, en agradecimiento a tan noble terapia, decidió nombrar a Niehans miembro de la Academia Pontificia de las Ciencias, que es la que se encarga de dar asesoramiento en los temas relacionados con la ciencia.

Al final, lo que está claro es que la juventud, aunque tesoro, de divina tiene poco. A no ser, claro, que divina se refiera a algo extraordinariamente primoroso.

Imagen| Wikipedia