martes, 10 de julio de 2018

La lepra en la Europa medieval

El mal de San Lázaro, enfermedad física y social

Detalle de una miniatura medieval en la que se representan leprosos

La lepra es una de las enfermedades conocidas más antiguas, existiendo numerosas referencias a ella en el Antiguo Testamento. Se trata de la enfermedad medieval por excelencia. Además de los terribles efectos físicos, los leprosos del Medievo tuvieron que sufrir las no menos brutales consecuencias sociales y psicológicas derivadas de la enfermedad.

La enfermedad

En el imaginario colectivo del medievo se atrincheran las terribles imágenes de los estragos que causó una de las epidemias más mortales conocidas por la Humanidad, la Peste Negra, que asoló Europa en el siglo XIV y que acabó con la mitad de la población.Pero esta enfermedad no fue la única epidemia que azotó la Europa Medieval. La enfermedad medieval por excelencia fue la lepra, también conocida como el mal de San Lázaro, una de las enfermedades más antiguas que se conocen, anterior incluso a los tiempos históricos. Pero es en la Europa medieval donde adquiere su mayor importancia histórica.

Desde el siglo XIX sabemos que la lepra es una enfermedad crónica causada por bacilo Mycobacterium leprae. Se trata de una enfermedad poco contagiosa a la que sólo un 5%  de la población está expuesta y cuyos síntomas tardan años en manifestarse. Eso sí, estos hacen su apareció lo hacen de forma cruel, a través de la deformación de articulaciones, la ceguera yla fascies leonina (infiltración de la piel de la cara que recuerda a la de los leones).

El castigo social

Para la mentalidad medieval, la lepra era considerada algo sucio, un castigo de Dios, lo que provocaba que, a los estragos propios de la enfermedad, el leproso debiera sumarle el rechazo social y la carga psicológica de recibir un castigo divino por los pecados cometidos. La enfermedad era la consecuencia de la maldad y la lascivia. En Francia se registraron casos de acusaciones contra los leprosos por envenenamiento de pozos de agua que culminaron en sacrificios en la hoguera, corriendo de esta forma los leprosos la misma suerte que judíos y herejes.

Las ideas medievales sobre la lepra llegaron de los escritos bíblicos, muchas veces plagados de errores y de confusiones con otras enfermedades como el vitíligo. Según el Antiguo Testamento, los leprosos debían ser apartados de la sociedad. La Biblia influyó notablemente en la concepción de la enfermedad en la Edad Media. La lepra se consideraba una enfermedad incurable. En toda Europa se crearon más de 19.000 leproserías durante los siglos más álgidos de la enfermedad (siglos X al XIII).

La enfermedad era diagnosticada por un médico, un sacerdote o, incluso, por el barbero del pueblo.El diagnóstico (iudicium leprosorum) era un acto muy relevante por sus consecuencias para el enfermo, pero, en ocasiones, el mero rumor de que una persona tenía la enfermedad, podía ser motivo suficiente para que el enfermo fuera recluido en una leprosería. Había varias formas de averiguar si la enfermedad estaba presente. La más común consistía en pinchar con una aguja al enfermo o verter agua gélida sobre su piel. La no reacción ante dichos estímulos era señal inequívoca de la presencia de la enfermedad. También la disolución inmediata de tres granos de sal en la sangre del enfermo era una señal indudable de la presencia del mal.

Miniatura medieval que representa a un leproso lisiado sentado con una campana

La atención a los leprosos y su curación se convirtió en una de las vías más rápidas de acceso a la santidad. Entre otros, San Francisco de Asís y Santa Catalina de Siena, labraron su camino hacia la canonización lavando y atendiendo a los enfermos aquejados del mal de San Lázaro.

El leproso no era sólo apartado de la sociedad, sino que también podía perder todos sus bienes. La lepra incluso podía constituirse en causa de divorcio. Además, a los leprosos, se les prohibía hablar con los sanos, entrar en iglesias, mercados y plazas. Tampoco podían ser enterrados en cementerios públicos.  Estaban obligados a avisar de su presencia haciendo sonar una campanilla a su paso. Asimismo, debían portar una capa gris que les identificara en los caminos.

Las leproserías se convertían en una suerte de muerte en vida para los leprosos. Las consecuencias psicológicas de la marginación y el aislamiento podrían ser incluso más devastadoras que las taras físicasasociadas a la propia enfermedad.

El tratamiento

Uno de los tratamientos principales contra la lepra era la aplicación de sanguijuelas sobre las heridas abiertas por la enfermedad. También era muy común el uso de la flebotomía, consistente en practicar un corte de las venas para “limpiar” el bazo y el hígado. La sangre extraída era utilizada para preparar ungüentos para el propio enfermo. Siguiendo las enseñanzas de Avicena y Galeno, también se utilizaba la carne de serpiente, atendiendo a la creencia de que un veneno expulsa a otro.

Alrededor de 1.400 la lepra comenzó a remitir, dejando paso a otras enfermedades epidémicas tan mortales como la tuberculosis o la Peste Negra, que campaban a sus anchas en el hacinamiento de las ciudades occidentales.

Amo Karlen expuso dos teorías sobre la relación de la lepra con la peste y con la tuberculosis. La primera teoría sostiene que la debilidad inmunológica de los leprosos provocó su rápida desaparición durante los primeros azotes de la Peste Negra. La segunda teoría relacionada la capacidad del bacilo de la tuberculosis como “vacuna” contra la lepra.

A mediados del siglo XVI la mayor parte de las leproserías europeos habían cerrado sus puertas o se habían reconvertido en hospitales para pobres.

Imágenes| Wikipedia

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